martes, septiembre 27, 2016

Si te esfuerzas, llegarán los resultados, o no


Obra de Anna Bocek
Erróneamente se suele vincular esfuerzo con éxito. Es una relación falsa porque el esfuerzo no cursa con realidades sino con posibilidades. El esfuerzo está matrimoniado con la posibilidad del mérito, que a su vez es la posibilidad de alcanzar un objetivo, porque nadie alcanza algo meritorio sin la intervención paciente del tiempo y del esfuerzo. Los anaqueles de las librerías están saturados de libros de sabiduría frugal que  repiten que «si te esfuerzas, llegarán los resultados», o frases parecidas que albergan significados análogos. Uno no necesariamente alcanza lo que se propone con el concurso del esfuerzo. Otra cosa muy distinta es que resulte harto complicado conseguir lo que uno se propone si uno no se esfuerza. Parece una frase idéntica, pero en su interior descansa una ideología totalmente antitética. Ocurre lo mismo con la también recurrente y falaz «todo se consigue con esfuerzo», que podría ser admitida como válida haciéndole unos retoques estructurales: «nada se consigue sin esfuerzo». Parece un mero cambio cosmético, pero entre ambos enunciados se abre la sima de dos maneras de entender el mundo.  En la primera se responsabiliza del fracaso al sujeto. Como todo se logra con el despliegue del esfuerzo, si uno no lo ha conseguido es porque se ha esforzado insuficientemente. En la segunda frase, «nada se consigue sin esfuerzo», se apela al esfuerzo como paso previo para asaltar cualquier meta, pero no se penaliza al que no la corona. Esta afirmación aclara que el esfuerzo no garantiza la consecución de la recompensa, sólo cita que alcanzarla se complica sin su presencia. En esta afirmación también se reivindica la cultura del esfuerzo, pero sin culpabilizar a nadie. Aquí tiene cabida el intento, en la primera frase sólo la consecución. Recuerdo un maravilloso verso de Antonio Machado que aclara la crucial diferencia: «Yo me jacto de mis propósitos, no de mis logros».

En estos lugares comunes de la pedagogía del esfuerzo se olvida lo más sustancial. Suele ocurrir que los objetivos por los que pugna nuestro esfuerzo suelen ser los mismos por los que también pugnan otros candidatos. Si el esfuerzo se encamina a objetivos que solo se alcanzan a través de la competición (y todos los vinculados con el empleo y por tanto con la supervivencia llevan este membrete), tendremos que ser intelectualmente honestos y asentir que para alcanzar el resultado anhelado se necesita la colaboración simultánea de cuatro potentes vectores. Si uno de ellos flaquea, la recompensa final se tambalea. Los cuatro elementos que necesitan presentarse en perfecta siderurgia son talento, esfuerzo, suerte y que los rivales que compiten por satisfacer el mismo resultado sean menos competitivos que tú. No hay más. El esfuerzo es la capacidad para mantener altas tasas de energía en una misma dirección durante un tiempo prolongado. Sin él es difícil alcanzar meta alguna, pero solo con él tampoco. La capilaridad del esfuerzo opera como un factor higiénico: su presencia no te eleva, pero su ausencia te hunde. El talento es la habilidad para ejecutar de un modo excelente una actividad concreta. Sin talento se pueden llevar a cabo muchas cosas, pero es difícil que lo que uno haga descolle de lo que hacen los demás y por tanto se puedan obtener ventajas competitivas (según el neolenguaje). La suerte es un concepto muy elástico. Como no ejercemos control sobre sus apariciones, jamás le atribuimos autoría alguna cuando el mundo nos sonríe, pero depositamos en su titularidad nuestros lamentos cuando las cosas se tuercen. Y finalmente están los demás. En los entornos competitivos no basta con esforzarse, tener talento y que la suerte se aliste a tu lado. Es prioritario que tus rivales posean algo menos que tú de los tres vectores señalados. En una competición hay una lógica predatoria, porque si uno gana es porque su rival pierde, así que las competencias de uno (que son las sedimentaciones del esfuerzo) son variables en relación con las del otro. En este escenario de antagonismos granulares el  esfuerzo se erige en una premisa de la que sin embargo no podemos concluir nada. Me refiero a nada que curse con el resultado.

martes, septiembre 20, 2016

Somos coautores de nuestra biografía



Obra de Malcolm Liepke
Del mismo modo que no podemos detener los latidos de nuestro corazón por mucho denuedo que pongamos en la tarea (salvo que nos suicidemos), tampoco podemos levantar un dique de separación entre el caudal de cosas que nos ocurren y el caudal de cosas que hacemos. Da igual si suministramos grandes cantidades o cantidades ínfimas de esfuerzo para evitarlo, las relaciones promiscuas que mantienen lo involuntario que acontece y lo deliberado que tratamos de que ocurra seguirán dando forma al contorno de nuestra vida. Releyendo esta mañana el ensayo Las experiencias del deseo de Jesús Ferrero, me topo con la explicación de la palabra pathos. El autor comenta que uno de los significados adscritos a este término en la antigua Grecia era «el que hacía referencia a lo que le ocurre a uno, a veces sin buscarlo, y que estaría relacionado con el accidente, con lo inesperado para el sujeto y que rompe la línea de lo previsible». La abundante aparición de elementos imprevistos e indeliberados en el decurso de una vida es el motivo por el que yo suelo señalar que no somos los únicos autores de nuestra biografía. Nuestra egolatría se revuelve ante esta constatación que rebaja nuestra soberanía, que nos hace tomar conciencia de que hemos cofirmado con otros el relato en el que se va redactando nuestra existencia. No somos los únicos autores de nuestra biografía, somos coautores, aunque el individualismo contemporáneo insista con tono inquisitivo que haciendo acopio de méritos alcanzaremos unilateralmente lo que nos propongamos, y soslayaremos con éxito aquello que obstruya esta tarea.

La gramática de vivir consiste en aceptar con estoicismo tres presupuestos constitutivos del ser que se despliega en la inmediatez permanentemente inaugural del aquí y ahora. El primero de los presupuestos radica en los hechos que se solidifican en nuestro quehacer cotidiano tras el ejercicio de nuestra autodeterminación. Se trata de un itinerario que se inicia en la deliberación, surca la decisión y desemboca en la acción. El segundo presupuesto, que afecta al acontecimiento de la persona que estamos siendo en la plenitud de cada instante, se tipifica en las decisiones que adoptan los demás en una práctica de su autonomía análoga a la nuestra, pero que, al ser todos existencias al unísono, impactan en nuestro pequeño mundo sin que podamos soslayar ni la colisión ni sus efectos salutíferos o malévolos. Y por último, el tercer vector, el más desconsiderado pero quizá el más sustancial de todos: la radiación azarosa de la vida que se abraza a nuestra cotidianidad con sus combinaciones imprevisibles. Mi frase favorita, y que repito muy a menudo en las clases y en las ponencias, hace alusión a esta aleatoriedad que nos envuelve en su placenta macroscópica: «Si quieres que Dios se parta de la risa, cuéntale tus planes». Esta esencia arbitraria nos transporta a territorios que la capacidad predictora de nuestro siempre vaticinador cerebro no había contemplado. Prorrumpe el asombro, la perplejidad, la sorpresa, la corroboración de que lo inesperado se presenta cuando menos te lo esperas. Nos cuesta aceptarlo, pero casi todo lo que ahora posee centralidad en nuestra vida no es sino el resultado de una detonación del azar. Ocurrió como perfectamente pudo no ocurrir. O no ocurrió como perfectamente pudo llegar a ocurrir.

viernes, septiembre 16, 2016

Comienzan los paseos por la capital del mundo

Hoy viernes 16 de septiembre comienza el Congreso de Mediación de Vilassar del Mar (Barcelona). Mañana sábado se celebrará allí el primer paseo por la capital del mundo de este nuevo curso académico. A partir de ese momento inaugural, esta temporada habrá más paseos en distintos lugares y en distintas ciudades. Mañana disertaré sobre la portentosa idea de dignidad. La dignidad entendida como el derecho a tener derechos en tanto que somos valiosos al poseer autonomía, seres con capacidad para elegir los fines con los que organizar nuestra vida, sostiene toda la arquitectura de la convivencia y del diálogo como procedimiento de la razón comunicativa. Trataré de demostrar que nunca podremos vivir en el mejor de los mundos posibles, refutando la célebre tesis de Popper, pero sí podemos mejorar con nuestras decisiones el mundo en el que vivimos.  Estáis invitados a éste y a los próximos paseos por la capital del mundo que es Nosotros.

jueves, septiembre 15, 2016

La dignidad no es un cuento, es una ficción

Grafiti de Banksy
Todavía recuerdo la perplejidad que provoqué en una asistente a una charla cuando defendí que la dignidad es una ficción. Era una trabajadora social y se quedó atónita. Me dijo con tono de sorpresa que era la primera vez en su vida que escuchaba algo semejante, que la dignidad era un cuento. Le maticé que no, no es ningún cuento, aunque muchos la desconsideran como si sí lo fuera. Es una ficción, que es muy distinto. La dignidad es una creación humana, una invención portentosa de la inteligencia impulsada por una sensibilidad ética. La dignidad no se siembra ni nace en zonas de cultivo, no brota en tierras fértiles ni se marchita en lugares yermos, no crece en las ramas de los árboles más frondosos, ni es el resultado concienzudo y científico de un gélido laboratorio. Es una ficción ética basada en aquello que nos gustaría que fuera. La ética es la única disciplina que opera en el futuro en vez de en el presente, señala cómo deberían de ser las cosas en vez de detenerse a escrutar cómo son. Para lograr algo así necesita imaginar el modelo de sujeto ideal al que aspiramos. El nacimiento de la dignidad fue un ejercicio imaginativo que nos elevó sobre nosotros mismos para darnos soluciones a problemas que no son imaginaciones nuestras. Es una acrobacia que si se estudia detenidamente te deja boquiabierto. Inventamos ficciones para hallar soluciones a problemas reales. No es nada extraño. Es un bucle prodigioso, como se titula acertadamente uno de los ensayos de José Antonio Marina que explica este milagro de la inteligencia humana. Muy recomendable también su Lucha por la dignidad

Los valores cuyo regreso del ocaso reclaman los prescriptores sociales contemporáneos no son sino las virtudes analizadas por la filosofía griega. Cuando un buen sentimiento lo racionalizamos se convierte en virtud, el comportamiento que llevado a cabo mejora la inevitable convivencia a la que nos obliga nuestra condición de existencias anudadas a otras existencias. Gracias al sentimiento hemos advertido que somos capaces de albergar afecto, empatía, compasión, lástima, cariño, amor, altruismo, admiración, pero también miedo, ira, enfado, orgullo, soberbia, odio, rencor, resentimiento, egoísmo, codicia, envidia, celos, furia, ambición. La dignidad es la solución que hemos encontrado para protegernos de nosotros mismos cuando nos gobiernan los sentimientos en los que el otro sale malparado o no nos importa infligirle daño. Uno siempre es digno aunque su comportamiento no lo sea, porque la dignidad la poseemos por el hecho de existir, no por la evaluación que se realice de nuestros hechos. Una cosa es la dignidad y otra muy disímil la conducta digna, como he pormenorizado en el ensayo La capital del mundo es nosotros y he explicado alguna vez en este Espacio Suma No Cero. La dignidad no la hemos configurado leyendo abstrusos tratados de filosofía, sino observando nuestra propia conducta y su impacto en la comunidad reticular que nos cobija. Hace poco le leí a Daniel Innerarity que la costumbre sabe más de moral que cualquier tratado de moral, y sospecho que la dignidad como ficción fue creándose entre todos y entre nadie precisamente para que nadie pudiera predar a nadie, y si lo hiciera fuera penalizado por ello. (Abro paréntesis. Este deseo es teórico, porque la dignidad vive una época crepuscular en la que es degradada con portentosa sencillez  por los mismos cuyos cargos fueron creados para protegerla. Cierro paréntesis). No es arbitrario constatar que la declaración de los Derechos Humanos, que pivotan sobre la dignidad, se redactaran tras la carnicería de dimensiones nunca antes vistas que supuso la Segunda Guerra Mundial y sus sesenta y cinco millones de muertos, veinte millones de lisiados y siete u ocho millones de desaparecidos. La verdadera magia de la dignidad y su magnitud práctica acontecen cuando esta ficción es aceptada universalmente. De este modo lo ficticio se convierte en real si lo ficticio modifica la conducta de todos. Kant aclaraba que la mejor manera de preservar la dignidad del roce diario consistía en tratar a los demás con la misma equivalencia que solicitamos para nosotros. Aceptar que toda persona es digna (es decir, posee el derecho a tener derechos) por el hecho de ser persona, debería elevar el trato que le dispensemos. Por el efecto de los vasos comunicantes, también debería abrillantar el trato que nos dispensen a nosotros.

martes, septiembre 13, 2016

«Piensa mal y acertarás»


Obra de Edward B. Gordon
Piensa mal y acertarás es un dicho popular que patentiza el buen funcionamiento del sesgo de confirmación. Realmente el tópico tendría que ser más específico para demostrar su tremenda eficacia: «piensa mal de alguien y acertarás». Si no se incluye esta apreciación, que la deliberación de tinte negativo va dirigida a alguien en concreto, pensar mal no cursa con el acierto. Al contrario. Cuando nuestras construcciones argumentativas son endebles o aparecen razonamientos borrachos de falacias, la evaluación advendrá errática y equívoca. El pensamiento es falible, y cuando se utiliza mal, tropieza y cae en estrepitosos fracasos cognitivos: fundamentalismo, prejuicio, suposición, creencias, paupérrima autorregulación de la gratificación, voluntad laxa, errónea elección de objetivos, marcos evaluativos desordenados, desacople entre deseos y posibilidades, baja tolerancia a la frustración, etc. La inteligencia fracasada de José Antonio Marina es un buen epítome de lo que le ocurre a una inteligencia que piensa mal. También todo lo relacionado con la economía cognitiva nos puede dar muchas ideas de lo obtusos que pueden llegar a ser los centros racionales del cerebro.

Disponemos de dos herramientas muy simples para intentar que el mundo se acople a nosotros: o cambiamos nuestros marcos de valoración, o modificamos nuestra conducta. Woody Allen con su habitual gracejo lo explica muy bien en un diálogo desternillante: «Mi psicoanalista me advirtió que no saliera contigo, pero eres tan guapa que cambié de psicoanalista». El dicho piensa mal y acertarás  vincula con el primero de los instrumentos puestos a nuestro alcance para doblegar la idiosincrasia díscola de la realidad. El encuadre elegido se alista con la lógica pesimista sobre la naturaleza humana,  con ese credo que predica que todo lo que hace el ser humano busca el beneficio propio y la acción ventajosa por encima de todo lo demás. Desconfiar del otro anula la llegada de sorpresas desagradables. Puro pesimismo preventivo. Realmente el tópico refrenda los sesgos de atribución y de confirmación, concretamente una de sus ramificaciones, a la que yo hace unos años me atreví a bautizar con el nombre de Efecto Richelieu. Richelieu fue un cardenal francés del siglo XVII (popularizado por Alejandro Dumas en Los tres mosqueteros, contra los que se enfrenta) y secretario general del estado. Al Cardenal Richelieu se le atribuye una sentencia rotundamente genial: «Dadme una carta de no más de seis líneas escrita por el más inocente de todos los seres humanos, y encontraré en ella motivos más que suficientes para enviarlo a la horca». Traducido en economía comportamental: vemos en la conducta del otro, que siempre es ambivalente y poliédrica como la vida misma en la que se despliega, aquella expectativa que hemos depositado en él. Si le atribuimos altos valores morales, interpretaremos su conducta al alza. Si le atribuimos valores morales negativos, lo depreciaremos y evaluaremos a la baja cada acto que traiga estampada su firma.

Obviamente el Efecto Richelieu se erige en el dador de suposiciones negativas en el otro. Si interpretamos en función de lo que pensamos y pensamos en función de lo que hemos supuesto, la conclusión puede ser un desastre, pero no lo advertimos porque el sesgo, al aprisionarnos en nuestros esquemas sin que nosotros seamos conscientes de nuestra propia reclusión, confirma lo que suponíamos y nos inmuniza a cualquier resquicio de duda. Pero aún hay más. En este sesgo de atribución y confirmación la inteligencia ejecuta otra pirueta maravillosa. Al pensar mal de alguien, pensamos en las intenciones que dan lugar a sus actos, más que en sus actos, lo que supone saltar de lo demostrativo a lo deliberativo. Por eso siempre se acierta, porque la deliberación es indemostrable y la hacemos casar con nuestras predicciones.  Más todavía. Lo que pensamos sobre el otro con respecto a nosotros afecta a nuestra conducta, que a su vez afecta a la suya, ingresando de este modo en la lógica de una profecía autocumplida.  Pero la irradiación de este tópico también llega a uno mismo. Si uno piensa mal de sí mismo, también acertará, porque caerá en otra profecía autocumplida. Solemos cumplir con asombrosa obediencia las expectativas que volcamos en nosotros. Si la expectativa es pobre (si pensamos mal de nosotros), el resultado también lo será. La ecuación es muy sencilla. Piensa mal (de ti) y te amargarás la vida.

martes, septiembre 06, 2016

«Rehacer la vida»



Obra de Jack Vettriano
Una de las formas más usuales y más sorprendentes de promocionar el amor es fijando nuestra atención en la depreciación a la que nos conduciría su dolorosa ausencia. No se apela a su efecto multiplicador, sino al cataclismo al que nos arrojaría su pérdida. Cuando aquí empleo la palabra amor la ubico exclusivamente en el binomio sentimental de las parejas, y me refiero a ella semánticamente como un alambicado sistema de motivaciones que trae anexado un copioso repertorio de sentimientos y deseos. A mí me gusta señalar que para evitar relatos muy vaporosos y confusamente etéreos, en vez de decir te quiero es más esclarecedor puntualizar qué quieres hacer conmigo, que es una manera de concretar la cascada de deseos que convoca el amor y rotular con más precisión los nexos de feliz interdependencia que entreteje este complejo sistema. Helen Fisher, la antropóloga del amor, infería la génesis de estos laberintos en su ensayo  Por qué amamos y la remachaba en Anatomía del amor. Aducía que la volubilidad del amor es una estratagema de la naturaleza que opera en los circuitos cerebrales para segregar dimensiones como la atracción sexual, el apego y el amor romántico. El extravío afectivo, normalmente acompañado de incompatibilidades, ocurre cuando uno ignora en cuál de estos vectores se encuentra, o los mezcla con personas distintas que a su vez le demandan dimensiones que no convergen con las suyas. Un buen quebradero de cabeza.

Aclarado este aspecto volvamos al principio, a esa inercia que nos impele a releer el amor romántico, según la terminología de Helen Ficher, desde la devastación que supondría ser rechazado y que la pareja como estructura se desintegre. En uno de los últimos cursos que impartí antes de la llegada del verano realicé una dinámica muy sencilla, pero muy elocuente. El curso trataba sobre la ontología del lenguaje y la práctica consistía en darle una orientación positiva a la expresión «sin ti no soy nada». Los participantes encontraban sudorosas dificultades para virar este lugar común hacia horizontes mucho más amables en los que quien lo pronuncia salga bien parado, y no hecho un guiñapo. Era gente de mediana edad en su mayoría casada y con hijos. Entre risas un poco nerviosas uno escribió «sin ti nada tiene sentido» y otro garabateó que «si me faltas, me muero». Les repetí que se trataba de voltear la frase y reescribirla en sentido positivo. Para que lo vieran claro tuve que ponerles un ejemplo, la frase que inventé hace años para un libro en el que refutaba tópicos, y que desde hace tiempo es mi estado de wassap: «Contigo soy más», o  «juntos somos más que tú y yo por separado». Sólo así logré que su atención se anclara en lo positivo, que pudieran releer la suerte de compartir con otra singularidad como la nuestra un mismo sistema de motivaciones desde la expansión y no desde la hecatombe afectiva. El siempre incisivo Alex Grijelmo comentaba en uno de sus ensayos sobre el uso de las palabras cómo en muchas ocasiones lo vocablos llegan inyectados de inocentes prejuicios altamente corrosivos. Normal que el ensayo se titulara Palabras de doble filo. Las palabras parecen graciosas capsulas sonoras exentas de tangibilidad, pero emboscadas en ellas habita la realidad y nuestra manera de interpretarla.

Recuerdo varias de esas palabras que cita Grijelmo y que vinculan con lo que yo estoy narrando aquí. Cuando una famosa divorciada inició una nueva relación, un programa televisivo etiquetó la buena nueva del siguiente modo: «un atractivo mexicano de 47 años le ha devuelto la sonrisa». Para informar de casos similares, en el que alguien vuelve a tener pareja, se suele emplear la expresión «rehacer la vida». «Tras su fracaso matrimonial el cantante ha rehecho su vida con una modelo». La aparentemente inocente expresión indica que la ausencia de compañía sentimental es sinónimo de tener la vida destrozada, o un impedimento para embutir plenitud a la vida, o un entreacto en el que indefectiblemente desaparece la sonrisa y por tanto también la felicidad. Es como si quien no tiene pareja no pudiera sonreír, no pudiera sentirse plenificado, no tuviera una vida perfectamente hecha y cuajada de sentido. También se deja entrever que el dolor de una ruptura sólo se puede cauterizar con el advenimiento de una nueva pareja. Normal que cuando uno siente que se resquebraja la relación suplique persuasivamente su continuidad porque «sin ti no soy nada». Aunque en su libro Amor o depender, su autor Walter Riso instiga la peligrosa confusión entre dependencia afectiva y apego, sí aporta clarividencia cuando matiza que en el diptongo amoroso una cosa es el lazo afectivo y otra cosa es ahorcarse con él. Esta diferencia cualitativa es crítica para entender que somos seres desvalidos sin la presencia zigzagueante de los demás en nuestras vidas, pero no somos mitades que sufren desvalimiento si no hallan esa literaria otra mitad que el relato imperante y unidemensional considera imprescindible para cerrar perfectamente el círculo. Nuestra instalación afectiva en el mundo no depende de tener o no tener pareja. Somos seres abiertos que podemos ampliar nuestras posibilidades, amplificarnos con la degustación del otro y con la construcción de proyectos afectivos compartidos. Ya somos, pero podemos ser más todavía. Eso sí, siempre que el amor sea un sistema de motivación y no de jibarización. Entonces estaríamos hablando de otra cosa, aunque desgraciadamente muchos aún no lo saben.