viernes, julio 31, 2015

La realidad siempre está aquí, allí y en todas partes



Pintura de Hossein Zare
El microrrelato más célebre de la historia lo firmó Augusto Monterroso en 1959.  Es el más popular con mucha diferencia sobre los demás y probablemente el más lacónico. Suma siete palabras. Dice así: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Es tal la ambigüedad semántica y la riqueza hermenéutica de su contenido que desde que se publicó se ha convertido en inagotable divertimento de exégetas. Gracias a su inmenso poder metafórico se han hecho muchos juegos con él. Recuerdo uno que consistía en sustituir el dinosaurio del hiperbreve texto por cualquier otro animal, ente o cosa. Yo no participé, pero sí elucubré opciones, me reté a mí mismo a ver qué palabra canjearía por la de dinosaurio. Hoy comparto aquí mi ocurrencia de entonces: «Cuando despertó, la realidad todavía estaba allí». La explicación de este minitexto es muy sencilla. Aunque te vayas al lugar más recóndito del mundo, tu realidad llegará contigo al mismo tiempo que tú. Aunque cierres los ojos para no verla, aunque momentáneamente la suplantes con algún ardid artificial, aunque utilices algún truco para ganar tiempo, la paciente realidad estará esperándote. Es la idea capital del título de este artículo, que puede resultar una perogrullada, pero es que muchas veces adoptamos decisiones en las que es evidente que se nos olvida que la realidad está en todas partes. La realidad de mi microrrelato alude sin citarlo al entramado sentimental, al balance de esa pugna que mantienen nuestros deseos e intereses con los deseos e intereses de los demás para instalarse en algún hueco del mundo. Recuerdo leerle a Benjamín Prado en una de sus novelas que el deseo es justo lo contrario a la realidad. En sus recomendables Barbarismos, Andrés Neuman define la realidad como una hipótesis convincente y el realismo como la exactitud de la imaginación. Canónicamente podemos definir la realidad como el conjunto que agrupa todo lo que es real.

Hace unos años me atreví a escribir que la realidad es la cuota de adversidad con la que se topan nuestras expectativas en el trayecto que va desde su incubación hasta su posible consecución. Si la cuota es alta, hablamos de realidad áspera o antipática, si la cuota es baja, hablamos de realidad amable. Sea ingrata u hospitalaria, díscola o servicial, adusta o sonriente, la realidad es un cacharro que está en todas partes con el que la mayoría de las veces no sabemos qué hacer. Vivir consiste en ir adivinando posibles usos. En uno de sus libros (creo que era Cómo acabar de una vez por todas con la cultura) mi admirado Woody Allen escribió un aforismo tan desternillante como irrefutable, que ahora cito de memoria y que quizá no sea del todo literal: «La realidad puede ser una mierda, pero es el único sitio en el que puedes disfrutar de un buen filete». Sin adentrarme en demasiados laberintos conceptuales, hoy traduzco filosóficamente esta jocosa frase como que la realidad es la posibilidad en la que se pueden hacer posibles todas nuestras posibilidades, o no. Esta es la explicación por la que el deseo emerge como la fuerza borboteante de una ausencia que solicita vehementemente hacerse presencia, léase, que quiere acceder a la realidad. En el libro La educación es cosa de todos, incluido tú (Editorial Supérate, 2014), le dediqué a la realidad un epígrafe cuyo título es inequívoco: «La realidad es la persona más impertinente con la que se van a topar nuestros deseos». Precisamente los sentimientos son la contestación que nos damos a nosotros mismos cuando nos preguntamos qué tal nos van las cosas con la realidad. Podemos intentar eludirla, sortearla, evitarla, ningunearla, engañarla, manipularla, embaucarla, sustituirla. Da igual. La realidad seguirá estando allí. Como el dinosaurio del microrrelato.

miércoles, julio 29, 2015

Más hijos de nuestro tiempo que de nuestros padres



Madre e hija, de Gustav Klimt
Uno de mis mejores amigos y yo inventamos hace unos años una frase que repetimos muy a menudo: «Somos más hijos de nuestro tiempo que de nuestros padres». Recuerdo perfectamente el momento en que la alumbramos (por entonces nos pasábamos el día produciendo ocurrencias de este tipo) y cómo desde su hallazgo la utilizamos para intentar entender ciertos comportamientos de los niños aparentemente poco simétricos con la educación inculcada por sus padres. Sin embargo, también la empleamos para comprendernos a nosotros mismos cuando desde la perplejidad nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos, por qué somos como somos, por qué pensamos lo que pensamos, quiénes forman esa mitad más uno en el interior de nuestro cerebro para que aprobemos o rechacemos algunas decisiones. A muchos progenitores les cuesta aceptar que somos más hijos de nuestro tiempo que de nuestros padres porque les menoscaba la capacidad pedagógica sobre sus vástagos. Yo defiendo que si ellos hubieran nacido el año en que nacieron sus hijos, harían exactamente lo mismo que ellos, y viceversa, sus hijos se comportarían como sus padres si se hubiera invertido la fecha de nacimiento. Hace unas semanas agregué un matiz a nuestra propia sentencia para demostrar que también se puede vivir una época concreta y sin embargo sentir que no es la tuya, que no te pertenece, aunque seguirá ejerciendo su omnipresente poder sobre ti incluso a través de su rechazo:  «Yo no soy hijo de mi tiempo, soy su hijastro». Al margen de nuestra condición de hijos o hijastros, podemos aseverar la siguiente y extensa letanía sin rubor a equivocarnos. Aquí va.

Yo soy yo y el tiempo en el que se especifica mi existencia. Yo soy yo y las personas con las que interactúo en una enmarañada red de interacciones, y la cultura que me coge de la mano y me lleva allí donde a ella le apetece, y los significados que asumo como propios y comparto comunalmente y que sin embargo ya estaban aquí antes de que yo naciera, y los imponderables cuya díscola aleatoriedad saca de quicio a nuestro cerebro, y la coyuntura político económica que se transfigura en una corriente sobre la que navegan mis días y mis años, y la vertical posición de clase y su adjunto poder adquisitivo que condiciona la cantidad y la calidad de mis oportunidades, y el habitus que hace que piense y obre de una determinada manera sin saber que pienso y obro merced al habitus, y el zeitgeist y su anónima aunque ubicua autoridad, y los valores imperantes que estratifican mis expectativas, y los hitos vitales que prenden en mi biografía y se sedimentan ahí para siempre incluso sin que sea consciente de su intervención en la construcción de mi memoria, mis hábitos, mi entramado afectivo. Ortega y Gasset resumió toda esta constelación de magnitudes con capacidad de modelarnos en  la celebérrima: «yo soy yo y mis circunstancias», aunque añadió una segunda parte que desgraciadamente no ha gozado de tanta popularidad: «y si no salvo mis circunstancias no me salvo yo». Aquí radica el papel asignado a nuestra voluntad como copartícipe de un proyecto mancomunado y por tanto plagado de otras voluntades. Nuestra condición de seres anudados a otros seres en una textura social, de inteligencias interpenetradas por otras inteligencias y por el préstamo legado por otras inteligencias que ya expiraron, nuestro empadronamiento en contextos ya delineados con conjuntos de significados interiorizados, nuestra ineludible interdependencia, hacen que seamos el que somos más la participación de nuestra voluntad (previamente modelada por todo lo telegrafiado anteriormente en el texto) a la hora de escoger opciones e invertir energía en esa dirección. Resumiendo. Somos una aleación de lo que hemos podido lograr y de todo lo que no hemos podido evitar, que es casi todo.

lunes, julio 27, 2015

Vemos lo que pensamos


Pintura de Alex Katz
Una de las reglas de oro en la resolución de un conflicto consiste en evitar juzgar de antemano. Es una prescripción muy útil, pero muy difícil de llevar a cabo, porque todos nos dejamos conducir por impresiones rápidas y por la tendencia a padecer acto seguido la afección del sesgo de confirmación. Como repiten los neurólogos, a nuestro cerebro no le interesa conocer la verdad, sino garantizarse la supervivencia, y para sobrevivir necesita establecer predicciones, saber a qué atenerse, avizorar el futuro desde el presente utilizando conocimiento del pasado a través de la memoria. A nuestro cerebro le encanta comprobar que las piezas predichas encajan, efectúa inferencias para combatir la incertidumbre, opera con argumentos que le ayuden a contrarrestar la ocurrencia de disonancias. Nuestro cerebro confecciona una historia para que los acontecimientos presenten un hilo conductor con la menor cantidad de lagunas posibles, y lo hace eligiendo atajos simplificadores del pensamiento. Para edificar esta narración necesita combinar ideas, creencias e información que sin embargo en muchas ocasiones no puede demostrar. Inventa, ficciona, sustituye, interpreta, supone, calcula, intuye, sospecha. Aquí es donde se activa el sesgo de confirmación, la curiosa tendencia de nuestro cerebro a confirmar sus ideas iniciales aunque sean espurias.

De repente, y sin ser muy conscientes de ello, se produce una contorsión intelectual de una elasticidad descomunal: vemos lo que pensamos. La realidad se convierte en materia evaluable que verifica nuestros juicios. Anclamos nuestra atención en aquella información que corrobora nuestros pensamientos y se torna invisible aquella otra que pudiera objetarlos, o que nos obligue a repasar racionalmente la elaboración de nuestros juicios. La diferencia entre lo que uno piensa antes y lo que piensa después es ninguna porque la información reclutada es aquella que rehúsa que pensemos. Sólo nos apropiamos de aquella que da crédito a nuestras elecciones previas. Evitamos así la discordancia, un estado con el que nuestro cerebro mantiene una cultivada enemistad. De este modo damos primacía a nuestras creencias y ninguneamos todo lo que pudiera refutarlas. Hace unos años yo bauticé este sesgo con el más poético nombre de Efecto Richelieu. El famoso cardenal francés entregó a la posteridad una frase rotunda que compendia todo lo expuesto aquí: «Dadme seis líneas escritas por el hombre más honrado del mundo y encontraré en ellas motivos más que suficientes para hacerlo ahorcar». Dicho de otro modo. Nuestro protagonista seleccionará la información y la interpretará de tal forma que le permita enviar a la horca al autor de la misiva, que es exactamente lo que tenía decidido mucho antes de leer su carta. Hete aquí el rudimentario mecanismo de los prejuicios.

jueves, julio 23, 2015

Educar en valores


Resulta paradójico que aquellos que más insisten en que hay que «educar en valores» suelen titubear cuando se les pregunta qué son los valores y por tanto en cuáles de todos ellos habría que colocar una instructiva lupa de aumento. Existen valores económicos, valores religiosos, valores deportivos, valores estéticos, valores morales, valores financieros, valores de cambio, valores de uso, una batahola de valores que convierten la expresión «educar en valores» en una fórmula lingüística huera. Ocurre algo parecido entre los que lanzan el quejumbroso veredicto «los valores están en crisis». Es un diagnóstico que ni matiza qué valores están depreciados ni utiliza referencias cronológicas para que el enunciado cobre cierto sentido histórico. Además, subrepticiamente introduce una comparación que señala la falaz existencia de una Arcadia moral en la que al parecer el ser humano vivía el gran mediodía de la ética. Cuando se habla de valores habría que interrogarse de qué valores estamos hablando para poder entendernos. En el orbe axiológico existen dos grandes tipos de valores: los valores éticos y los valores personales. Los primeros tratan de contestar a preguntas relacionadas con la siempre controvertida convivencia, esa gigantesca intersección en la que la vida nos ubica al lado de todos los demás nada más nacer. De esas preguntas afloran respuestas encarnadas en principios que intentan orientar el comportamiento. Como el hombre es un ser con los demás, en imbatible expresión de Heidegger, una existencia vinculada indefectiblemente a otras existencias, necesitamos enfatizar unas formas de conducta y amortiguar la presencia de otras para que esa convivencia sea lo más óptima posible para todos. Es lo que en algunas nomenclaturas se denomina ética de mínimos

Esta ética de mínimos suele ofrecer soluciones a los problemas derivados de la idea de justicia, que a su vez conexa de un modo directo con la noción de sujeto y de dignidad que nos hemos dado los seres humanos a nosotros mismos. Estos valores de genealogía ética suelen interiorizarse y encarnarse en un repertorio de conductas cuando arraigan desde la convicción, y suelen ser muy frágiles cuando son fruto de la convención. Su educación no se circunscribe exclusivamente a la oferta curricular, o a un concreto plan de estudios, ni tampoco es patrimonio de las instituciones educativas, sino que su enseñanza y aprendizaje nos compete a todos a través de la herramienta pedagógica más potente de todos los tiempos, el recurso didáctico más solvente incluso en esta época de vasta colonización digital, el ejemplo, el único discurso que no necesita palabras para crear memoria y hábito. Dicho con un eslogan, «la educación pertenece a toda la tribu», como repite constantemente José Antonio Marina en su bibliografía. Pero en la constelación de los valores también figuran los valores personales. Son aquellas preferencias que hacen que cada uno de nosotros seamos diferentes respecto a los demás, poseamos unos resortes identitarios que definen nuestra singularidad, delimitan la persona que somos, nos dotan de personalidad a través de la capacidad de escoger entre las diferentes opciones que nos ofrece a cada momento el mundo circundante. Se trataría de la estratificación de aquello que posee relevancia para nosotros y que vincula directamente con el contenido de nuestra felicidad como individuos. Es lo que en la nomenclatura anterior se denomina ética de máximos. La felicidad depende de lo que a cada uno le haga feliz porque somos nosotros los que jerarquizamos qué es  lo importante y qué es lo anodino para nuestra vida, y esa selección puede mostrar mucha disparidad con la que realicen otras personas. Ocurre que la pluralidad del contenido de esa felicidad se da en una trama social que a pesar de su saludable heterogeneidad exige la preeminencia de una idea de sujeto y unas formas de conducta sobre otras para que la experiencia de vivir y convivir no sea demasiado áspera e inhóspita. Una ética de mínimos para que podamos elegir con conocimiento y responsabilidad una ética de máximos.

martes, julio 21, 2015

Economía relacional

Melancolía, de Munch
En el ensayo La vida auténtica de Erich Fromm leo una certera definición de locura: «Es la desvinculación absoluta del individuo».  Expresada así puede resultar una descripción críptica, pero  significa simplemente que el hombre es un ser cuya existencia está ligada a una urdimbre, a una organización social que nos transfunde a todos en «existencias al unísono» (un feliz hallazgo lingüístico que escenifica muy bien nuestra condición y que compartí aquí hace unas semanas). El propio Fromm pormenoriza: «El hombre necesita relacionarse con sus congéneres y con la naturaleza. Si vive absolutamente desvinculado, es un demente». Recuerdo que en uno de sus ensayos sobre las fatalidades de un exceso de digitalización en nuestras vidas, el pensador Nicholas Carr en vez de utilizar el término desvinculación esgrimía el más contemporáneo de desconexión. La soledad sería aquella situación en la que una persona no puede conectar con otras pese a desearlo, un escenario en el que se intenta compartir actividades o intimidad con otros infructuosamente. La sobreabundancia de desconexión o de desvinculación mineraliza a las personas.

Como somos seres en perpetua interacción con nuestros pares, hemos hecho de la convivencia un ecosistema insoslayable. En este cosmos social hormiguean congéneres con necesidades, intereses y deseos plurales y muchas veces divergentes a los nuestros. Por eso necesitamos articular esta realidad inevitable no sólo con normativa (Derecho), sino con una idea ética de sujeto que nos ennoblezca a todos y nos incentive desde la convicción a incluir a los demás en nuestras deliberaciones. Se trata de lograr paisajes más prósperos, situaciones de suma no cero donde el interés común se sitúe por encima del interés privado, los Derechos Humanos prevalezcan sobre la actividad lucrativa, promocionar relaciones menos líquidas, una versión de nosotros mismos más abrillantada por la sana degustación del otro, y que al otro le ocurra exactamente lo mismo al acomodarnos en su biografía. Esta semana he releído atentamente El capitalismo funeral de Vicente Verdú, en cuyas últimas páginas se comparte una visión esperanzadora del mundo gracias a las cada vez más arraigadas ideas de cooperación, que nacen de sentimentalizar nuestra condición de «existencias al unísono». El autor lanza una pregunta y responde al instante: «¿Inventarse otro sistema? Ya no es preciso. Basta encauzar positivamente los anhelos relacionales que se hallan presentes». Una economía relacional que desplace a la razón económica como exclusiva manera de leer el mundo. A mí me gusta insistir en una de las prescripciones kantianas para preservar la dignidad del corrosivo roce cotidiano: «Tratar a los demás con la misma equivalencia que solicitamos para nosotros». Algo parecido a lo que Erving Goffman definió como consideración. Secularmente las religiones han encapsulado significados análogos en la célebre Regla de Oro en su sentido positivo: «Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti». Habría que añadir una coda que cambiaría el signo de los tiempos y humanizaría la realidad: «Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti, al margen de que la relación se dé en el orbe de la intimidad o en el del mercado».

lunes, julio 13, 2015

¿Para qué sirve la literatura?



Recuerdo que en una entrevista relacionada con el libro La educación es cosa de todos, incluido tú, me preguntaron qué cambiaría del actual sistema educativo. Tragué saliva y respondí con temeraria honestidad: «no lo sé, no soy la persona adecuada para responder a algo así». De repente, la entrevistadora me regaló un silencio áspero e incómodo, como reprochándome una contestación tan prosaica en alguien que llevaba varios años reflexionando sobre temas educativos, así que agregué con la misma temeridad que en mi anterior respuesta: «Creo que existe una tecnificación excesiva. Aprendemos medios y técnicas, pero nos olvidamos de los fines, de preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos. Y no me refiero sólo al sistema educativo». La entrevista continuó y la rematé con un final atrevido, máxime después de sincerarme afirmando que no tenía ni idea de la mayoría de las cosas que me preguntaban: «Debemos exigirnos a aprender a tratar a los demás con la misma equivalencia que solicitamos para nosotros». Al salir del estudio me acordé de la definición de consideración del sociólogo Erving Goffman: «la consideración es tratar al otro con el respeto y el valor positivo que toda persona se concede a sí misma». 

Leyendo este fin de semana ¿Para qué sirve la literatura? del catedrático de literatura francesa Antoine Compagnon (Acantilado, 2008), advierto que sus respuestas están decididamente encaminadas a lograr este propósito tan noble. La pertinencia de la literatura en nuestras vidas estriba en que la lectura de relatos de vidas ajenas favorece ir al encuentro del otro, dirige las emociones y la empatía, «recorre regiones de la experiencia que los otros discursos desdeñan, pero que la ficción reconoce en los menores detalles». En la república de las letras se explican la conducta y las motivaciones humanas, se transmite casi epidérmicamente la experiencia de los otros, se favorece la comprensión y se esclarece la vida, pero también se permite la inclusión de la duda y la interrogación, el cuestionamiento de lo establecido y lo convencional. «La literatura nos enseña las complicaciones y las paradojas que se esconden detrás de las acciones, meandros en los cuales los discursos del conocimiento se pierden». En las ficciones uno no lee la vida de los demás, se lee así mismo a través de esas vidas, y leerse de ese modo es comprender, contrastar, discernir, escoger, vivenciar, aprender, dudar, advertir la diversidad y la pluralidad de cosmovisiones, aceptar la complejidad, asumir que la indeterminación y la aleatoriedad se erigen en coautores legítimos de la biografía de cualquiera de nosotros. La literatura y cualquier forma narrativa en la que aparece el otro nos instan a empatizar con él, sentir que estamos ante un congénere, ante alguien que perfectamente podríamos ser nosotros. Se propala con abusiva retórica mercantilista que la literatura (y por extensión las Humanidades –arte, cine, teatro, música-) es una inversión carente de réditos, que posee valor de uso (placer lúdico, entretenimiento, ocio, pasatiempo), pero adolece de falta de valor de cambio. Dicho de un modo franco: no sirve para nada más allá de pasar un buen rato, si es que te gusta leer. La literatura no instruye para el mercado, no te acopia de técnicas y destrezas para desempeñar un oficio, no amplifica la empleabilidad, no estimula la obtención de renta (en muy feliz definición de la filósofa Martha Nussbaum acuñada en su ensayo Sin fines de lucro). Todo esto es cierto. Pero las Humanidades en general y la literatura en particular te ayudan a preguntarte para qué, que es con diferencia la pregunta más importante que puede hacerse cualquiera de nosotros en cualquier sitio y en cualquier momento. Si abdicamos de hacernos esta pregunta de vez en cuando, no tengo la menor duda de que en la urdimbre social se entronizará todo lo que nos deshumaniza. Me refiero a más todavía.