martes, marzo 31, 2015

Soy político por naturaleza y por eso te necesito



Se me rompe el corazón, Marisa Maestre
José Antonio Marina arrancaba uno de sus ensayos diferenciando un aspecto crucial que singulariza a los seres humanos: «Las piedras coexisten, las personas conviven». Hace veinticinco siglos Aristóteles escribió una sentencia celebérrima que se cita en los centros educativos: «El hombre es un animal político por naturaleza». Sin embargo, Aristóteles añadió una coda que se nos ha olvidado: «Y quien no lo sea, o bien es un dios o bien es un idiota». En esta apostilla la palabra idiota proviene del griego idiotes, aquel que no participa en los asuntos de la comunidad. La política es toda acción destinada a organizar la convivencia y por eso nos incumbe a todos, porque todos formamos parte de un tupido entramado de existencias vinculadas. De ahí que cuando alguien se vanagloria de su condición de apolítico, resulta difícil no construir un sencillo silogismo cuya triste conclusión es que estamos delante de un idiota. Desgraciadamente la publicitación abrumadora del individualismo hace que algo tan evidente como la interacción ubicua se nos olvide, o padezcamos una peliaguda miopía que nos incapacita verla. La entronización de un yo que sólo piensa en satisfacer su interés aun a costa de impedir que los demás satisfagan los suyos ha eliminado la convicción de que nos necesitamos los unos a los otros. De que convivimos. De que formamos parte de círculos comunitarios. De que nuestra vida sólo se vive en la intersección con otras vidas.

Peor todavía. Es usual contemplar a muchos de nuestros congéneres jactándose con latiguillos del tipo «no le debo nada a nadie», «soy un hombre hecho a mí mismo», «lo que tengo me lo he ganado yo solito». Basta con comprobar cómo los seres humanos somos interdependientes, en tanto que la gran mayoría de las veces no podemos satisfacer unilateralmente nuestros intereses, para desenmascarar la falsedad de esas aserciones. Una excesiva divulgación del ser humano como mero sujeto económico que sólo anhela optimizar a toda costa sus intereses privados ha evaporado de nuestras reflexiones esta obviedad, y que por contra se enraíce la desafección al otro, o que cataloguemos a nuestros pares como competidores con los que tenemos que beligerar por la obtención de recursos y por que no peligren nuestros intereses ya conquistados. La razón económica y el embate del credo neoliberal contradicen por completo la noción de un sujeto que sin embargo encuentra ricas motivaciones sujetivas en otros planos más allá del puramente monetario y en lógicas mucho más afines a la cooperación que a la competición. Habrá que recordarlo una vez más. Sin la adherencia afectiva al otro somos incompletos. La identidad nace de la interacción. El reconocimiento y el cariño como enseñas de una existencia plena vindican la necesidad de alteridades en nuestras vidas. Nuestros sentimientos más profundos siempre delatan la presencia de alguien que no somos nosotros. La vida se acartona si no se comparte. Uno se mineraliza si sufre escasez de conectividad con los demás. La alegría es la expansión de un yo insujetable que abandona el contorno de sí mismo para adentrarse en los contornos de otro yo. La tristeza consiste en llamar la atención del otro para que la haga propia a través de la compasión y nos ayude a contrarrestarla. Vicente Verdú abrevió toda esta constelación en un diagnóstico tan hermoso como irrefutable: «La felicidad no correlaciona con la edad, la inteligencia, la cultura o la etnia, sino con la sustanciosa materia que crece en la relación con los semejantes». Por eso y por encima de cualquier otro motivo hemos decidido ser y continuar siendo animales políticos.

jueves, marzo 26, 2015

¿Un silencio vale más que mil palabras?



Juegos y adivinanzas, de Mary Sales
No deja de sorprenderme la excesiva valoración del silencio como forma de comunicación. Existe una promocionada poética del silencio en detrimento de las palabras, esas encarnaciones de nuestros pensamientos que, al compartirlas con los demás, parece que en vez de hacernos inteligibles nos convierten en un jeroglífico o en un triste nudo gordiano. Es como si la caligrafía silenciosa de la mirada de uno cuando se junta con la mirada de otro estuviese inmunizada a lecturas tergiversadas o a suposiciones erráticas, y al revés, se arguye tácitamente que las palabras son estructuras verbales invalidadas para una comunicación limpia de equívocos y exenta de la sospecha de la mentira. Esta apología del silencio viene a concluir que las palabras nos pueden confundir, pero el silencio de unos ojos que cogen de la mano a otros ojos está bendecido de una pureza que no admite malinterpretaciones ni impostura. Cuando las miradas chocan suavemente entre ellas en el envoltorio cerrado de un silencio es imposible la comparecencia del error. Los ojos no mienten, la mirada no contamina, la sintaxis del gesto construye relatos nítidos y diáfanos, la incomparecencia del verbo evita ensuciar el instante, toda esta geografía silenciosa es matemáticamente infalible y narrativamente muy sólida. He aquí compendiado el elogio del silencio al que me refería antes. Es cierto que en muchas ocasiones un silencio es una forma muy elocuente de comunicarse. Hay silencios tan expresivos y tan férreamente construidos que añadir algo más es una redundancia que debilita la argumentación que traen anexionada. Pero a mí me gusta recordar un matiz que se olvida con peligrosa frecuencia. Cuando dos o más personas no necesitan hablar para entenderse es porque han hablado mucho todas las veces anteriores en las que la mirada no fue suficiente para que se entendieran. Dependiendo para qué, un silencio puede valer más que mil palabras, pero sólo cuando sabemos qué palabras ha elegido entre las miles de ellas que puede utilizar sin ni tan siquiera tener que pronunciarlas. El silencio no necesita palabras para decir lo que quiere decir, pero quien lo recibe sí las necesita para deletrearlo correctamente.

martes, marzo 24, 2015

La envidia sana



Pintura de Francis Bacon
Con motivo de mi último artículo sobre la envidia (ver), una lectora, a la que desde aquí agradezco su participación, preguntaba con muy buen criterio si existe la envidia sana. En ese mismo texto yo citaba a Hobbes. El autor del célebre «el hombre es un lobo para el hombre» ya distinguía entre la emulación y la tristeza que sentimos cuando observamos la prosperidad ajena. Platón acuñó una de  las definiciones de educación más sólidas de todas las que yo he leído: «Educar es enseñar a admirar lo admirable». Cito aquí a Platón porque su apelación a lo admirable vincula con la envidia sana. Podríamos decir que este tipo de envidia es sinónimo de intentar reproducir lo admirable que vemos en el otro, el deseo de replicar en nuestra vida lo que consideramos plausible. No tiene nada que ver con el dolor interior, o el daño de contemplar en el otro lo que a nosotros nos falta, sino con el deseo de mimetizar lo valioso. Probablemente lo admirable correlacione con el comportamiento más que con bienes, experiencias o estatus (uno de los lugares sobre los que la corrosión de la envidia opera con más ahínco sobre el envidioso). La envidia sana es la contemplación de lo elogiable y el deseo de aplicarlo a nuestra vida sin que en ese trasvase sintamos tristeza. Al contrario. En casos así lo que se suele sentir es inspiración e impulso. La envida sana sería la antesala del aprendizaje vicario, el resorte que moviliza energías para que el ejemplo ajeno se erija en maestro propio. Aprendemos aquello que observamos en los demás, que suele ser validado por la comunidad, y que consideramos útil para mejorar nuestra vida. Aquí no hay envidia malévola y deletérea, esa que se sitúa en las antípodas y se activa cuando alguien desea con inquina lo peor a aquel con quien se siente en insoportable desventaja. Acaso tampoco en la envidia sana haya nexos que la emparejen con el sentimiento social de la envidia, aunque el lenguaje coloquial se refiere a ella en estos términos. Hay deseos de mimetizar una conducta que extraería de nosotros una versión más afinada.

viernes, marzo 20, 2015

Mediación Hipotecaria



Pintura de Amy Casey
Como profesor de la Escuela Sevillana de Mediación, la semana pasada impartí una clase de Negociación en contextos de Mediación Hipotecaria a Técnicos de la Diputación de Sevilla en la localidad de Marchena. Uno de los ejes centrales sobre el que orbitó mi exposición correlaciona con un principio maestro de la gestión de conflictos. La solución de un conflicto sólo se consigue con la colaboración de los actores implicados. Subrayo que he escrito «solucionar» y no «terminar», porque muchas divergencias se terminan sin necesidad de colaboración, sino con la utilización de ese arcaísmo que es la fuerza, la tentadora coartación o la ineficaz para el compromiso manipulación, aunque no se solucionen. Para cimentar esa colaboración es necesario tratar con consideración a la contraparte, empalabrar nuestro discurso en un diálogo educado, que ambos actores acepten la preeminencia de unos argumentos sobre otros, ser respetuoso, despolarizar el conflicto (no todo es blanco o negro), buscar fórmulas integradoras que satisfagan en la mayor cantidad posible los intereses mutuos. Un protocolo muy básico. Es evidente que las prácticas abusivas de las entidades crediticias, una normativa que casi las inmuniza y que simultáneamente desprotege al deudor hipotecario, una notable ausencia de equidad por los reguladores, un contexto de postburbuja y crisis que devalúa el inmueble que garantizó el préstamo pero cuya depreciación sólo asume el deudor, un sobreendeudamiento sobrevenido en el que no hay ni un atisbo de dolo pero que es desdeñado, hace que veamos a la contraparte no como un aliado para solucionar el conflicto, sino como un adversario, una escalada de repulsión que fácilmente puede polucionar la comunicación, provocar la transacción de sentimientos nada proclives al diálogo y encastillar peligrosamente el proceso. Todo desfavorable para un desenlace mínimamente satisfactorio.

Modificar esta percepción es una tarea compleja (más aún en las frecuentes situaciones de desempleo y desesperación), pero no queda más remedio si queremos encontrar una solución más allá del procedimiento judicial, convertir el proceso en un juego de suma no cero en vez de en uno de suma cero.Y otro aspecto nuclear. Aunque no lo parezca, el deudor no negocia con el banco, sino con un representante de la entidad con la que firmó el contrato hipotecario. Parece lo mismo, pero no lo es. La literatura de la negociación lo recalca insistentemente cuando indaga en la intervención de terceros en los procesos. Nosotros mismos muchas veces actuamos como representantes sin ni tan siquiera saberlo. Con la concurrencia de todos estos elementos se puede afirmar que en una mediación hipotecaria se da un escenario muy singular. Como la negociación es muy desigual, el mediador tiende a aparcar su neutralidad y su imparcialidad e intermedia buscando opciones para reestructurar la deuda (moratorias, quitas, dación en pago, o dación en pago con opción a un alquiler social, son las opciones más requeridas), el banco envía a un representante (director de la sucursal, director de riesgos, de morosos), y el deudor trata de bracear en una negociación a la que acude sin BATNA (acrónimo en inglés de una alternativa al mejor acuerdo negociado) y con el vértigo de la exclusión social presidiéndolo todo. Un escenario tremendo.

miércoles, marzo 18, 2015

Primer aniversario de La educación es cosa de todos...

Hoy hace un año que se editó el libro La educación es cosa de todos, incluido tú (Editorial Supérate, 2014). Similarmente a los demás libros que he redactado, decidí escribirlo para aprender. Trataba temas que no sabía bien, pero que tenía muy claro que después de una larga temporada conviviendo a todas horas con ellos acabaría sabiendo. Esto mismo me ocurre con prácticamente todos los artículos que publico aquí. No sé muy bien lo que pienso hasta que no leo lo que he escrito. Esa es la palanca motivadora que me impulsa a cavilar, tomar notas, repasar bibliografía y finalmente poner mis dedos a bailar en el teclado de la computadora. Escribir se erige así en una actividad que desafía al caos, que ordena un tumultuoso magma de ideas que no cobra sentido y gobernabilidad hasta que no se encapsula en palabras y aserciones. Así que escribí La educación es cosa de todos, incluido tú para saber lo que no sabía, para combatir mi ignorancia o acaso para ampliarla, puesto que cada vez estoy más persuadido de que no sabemos lo mucho que no sabemos y sabemos muy poco de lo poco que sabemos. Para remachar el clavo de este inquietante paisaje, cuando alguna vez llegamos a creer saber algo simultáneamente incrementamos dolorosamente la conciencia de nuestra vasta ignorancia.

El libro que hoy celebra su primer cumpleaños es una poética de la convivencia. Treinta y tres epígrafes parcelados con vocación de manual para una lectura fragmentada y de consulta. Es una obra transdisciplinaria y orgullosamente promiscua, encantada de establecer lazos íntimos con materias muy diferentes. La educación es aprender a admirar lo admirable, escribió Platón, pero esta afirmación se presentaría huérfana si no añadimos que además de admirarlo hay que reproducirlo en nuestra conducta, fomentarlo con nuestro comportamiento, incardinarlo en el barómetro que mide la temperatura de lo para nosotros es importante y lo que no, llevarlo a nuestro productor de sentido y a nuestro constructor de metas. Esta orografía es a la que yo me refiero cuando señalo que la educación acontece a cada instante, sobre todo cuando no nos damos cuenta, y que por tanto no es patrimonio exclusivo de los establecimientos educativos ni de sus ofertas curriculares. Está en el aprendizaje invisible que recorre las interacciones a las que estamos obligados por nuestra condición de existencias vinculadas a otras existencias. Ojalá su lectura anime al lector a convertirse en promotor de una realidad más habitable para todos. 


* Si alguien quiere saber más sobre el libro, aquí está su página web. En ella encontrará todo los datos pertinentes.

martes, marzo 17, 2015

El abogado del diablo



El abogado del diablo fue una figura instaurada por la Iglesia Católica en el siglo XVI. Permaneció vigente hasta que Juan Pablo II la eliminó en la década de los ochenta del siglo pasado. Se empleaba en los procesos de beatificación. Como era habitual que ante la presentación de un candidato todo fuesen loas y epítetos celestiales, se decidió encomendar a un tercero la investigación de los aspectos más desfavorables del posible santo. Con la información recolectada, esta persona confrontaba e impugnaba los ditirambos con los que el candidato era ensalzado frente a los miembros del tribunal. Inyectaba disensión para muscular los argumentos del debate. Así nació el abogado del diablo. Recordada su genealogía, esta figura es perfecta para entornos cloroformizados por el pensamiento grupal  (ese que transforma las decisiones del grupo en rituales de unanimidad a la búlgara), por el hiperliderazgo que inhibe la iniciativa personal, por los grupos terriblemente endogámicos que reducen la inicial visión multipolar a una visión unívoca cuando sus miembros conviven largo tiempo con personas con intereses, competencias, tareas, preparación académica y estatus parecidos. Allí donde hay sospechoso consenso, allí donde la recurrencia del conflicto escasea, allí el abogado del diablo tiene mucha tarea por delante.   



Se suele afirmar en plan jocoso que el jefe ideal es aquel que coloca a su lado a gente con valentía suficiente como para decirle esas cosas por las que en cualquier otro trabajo les mandarían a engrosar las listas del paro. Erich Fromm aseguraba que la humanidad sólo había progresado gracias a actos de desobediencia. El disidente evita el pensamiento uniforme, unidimensional, acrítico, la peligrosa estandarización y el etiquetado que desdeñan los matices, la ausencia de visiones alternativas que cronifican el estatus quo aunque sea empobrecedor, los puntos ciegos que operan sobre nuestro intelecto y hacen que no veamos aquello que para otra mirada es evidente, las ilusiones cognitivas que sólo las percibimos cuando alguien nos objeta lo que para nosotros hasta hace un segundo era indudablemente obvio. El abogado del diablo nos señalará como personas portadoras de un pensamiento falible, delatará nuestra excesiva confianza en lo que creemos saber y nuestra renuencia a admitir el protagonismo de nuestra ignorancia en la adopción de decisiones. La disensión es primordial para que la duda se erija en la reina que legisle todos nuestros enunciados, puesto que sólo quien duda se plantea la veracidad de lo afirmado por unos y otros. Necesitamos la presencia de un disidente que nos impida dar crédito a lo primero que se nos pase por la cabeza o llegue a nuestros oídos. Un abogado del diablo dentro y fuera de nuestro cerebro.

miércoles, marzo 11, 2015

Dar envidia



Pintura de Alex Katz
La envidia es el daño que nos inflige la contemplación de algo apetecible y que sin embargo posee otro, la tristeza que nos invade cuando alguien disfruta con un bien o una experiencia vetados para nosotros. No vincula ni con la admiración ni tampoco con la construcción de referentes. Hace cuatro siglos Hobbes separó la emulación que nos permite crecer con esa envidia que intenta frustrar el disfrute del otro para amortiguar la desdicha que provoca observarlo. En La tragedia de la envidia, Jorge Kahwagi Macari distingue entre la envidia común (sana) y la destructiva envidia amarilla. En Pequeño tratado de los grandes vicios, José Antonio Marina la define como el dolor por la prosperidad ajena. En Las experiencias del deseo, Jesús Ferrero la cartografía como puro movimiento del deseo en su eterno apetecer lo que no tiene, y se refiere a ella como un deseo concentrado y coagulado de lo que el otro posee y que calcina todo lo demás hasta reducirlo a ceniza. Como todos los deseos, su arquitectura se basa en la presencia de una ausencia, en una insujetable fuerza borboteante que intenta suplir un vacío que araña y duele. Estos arañazos se combaten a través del mimetismo, si se puede, o devaluando el bien ajeno, aunque se anhele. La envidia es un sentimiento muy peligroso y alienante porque elige como referente a otro, y cuando posa su mirada sobre uno mismo sólo es para detectar ausencias. Un auténtico pasaporte para la infelicidad. No es extraño que, en ese mapa de los sótanos del alma que son los siete pecados capitales, figure con letras de oro.

A pesar de estas temibles certezas, he comprobado cómo en los últimos años uno de los nuevos señuelos publicitarios es dar envidia. Hace poco me topé con el siguiente anuncio en la prensa. Era de una agencia de viajes: «el mejor momento para viajar al Caribe es en otoño porque es cuando más envidia puedes dar a tus conocidos». La semana pasada me encontré otro en el que se apelaba a las bondades de un coche porque era perfecto «para que te miren con envidia». Como la retórica de mercado se ha instalado en la manera de interpretar realidades ajenas por completo al mercado, este reclamo comercial se ha desplazado velozmente al ámbito personal. Hace unos meses una amiga mía muy joven me contó una anécdota que le había ocurrido con un cantante solista de cierta popularidad en el mundo indie español. En un bar el cantante le propuso una aventura de cama esgrimiendo como argumento que «así mañana podrás darle envidia a tus amigas». Lo que se relee en estas prácticas que aluden a dar envidia como elemento motivador de nuestras acciones, es que, al parecer, el ego se engola cuando vemos cómo el ego de los demás se raquitiza al descubrir gracias a nosotros una carencia que lo tritura y lo atormenta. Dicho de otra forma. Nuestra satisfacción no reside en lo intrínseco de la experiencia que llevamos a cabo ni en los posibles sentimientos placenteros que nos pueda procurar, sino en que esa experiencia estimule la envidia ajena. Nuestra autoestima se siente bien no porque disfrute con lo que hace, sino con la contemplación de la tristeza que provocamos en el otro al señalarle una ausencia. Sin comentarios.