jueves, enero 29, 2015

Auschwitz, el cénit de la infamia humana



Se cumple en estos días el 70º Aniversario de la Liberación de Auschwitz. Entre 1940 y 1945 fue el campo de exterminio más operativo de los nazis, una sofisticada industria urdida para exterminar a seres humanos, el gigantismo más espantoso destinado a eliminar la presencia corpórea de personas gaseándolas y cremándolas tumultuariamente. No se saben las cifras exactas, aunque se estima que entre cinco y seis millones de personas fueron allí deportadas del reino de los vivos en asesinatos sistemáticos prologados por el terror y la deshumanización más primitivos. Al principio del holocausto los nazis obligaban a los prisioneros a cavar colosales fosas comunes y luego allí mismo los ametrallaban masivamente. En esas fosas de proporciones abismales se aglomeraban entre tres y cuatro mil personas que tras ser baleadas indiscriminadamente eran luego engullidas por la misma tierra que habían abierto y esparcido a un lado con sus manos, pero el ritmo de la aniquilación era exasperantemente lento para el que anhelaban los ideólogos de la infamia. De ahí que dieran un paso al frente de la atrocidad e inventaran los hornos crematorios como una economía industrial más rápida y eficaz para culminar la abolición física de los cadáveres. La incineración era ahora sí un exterminio acelerado y aséptico. Fue todo tan exacerbadamente despiadado y atroz que Theodor Adorno seis años después de contemplar la ya liberada encarnación más mimética del horror hizo célebre el adagio «no se puede escribir poesía después de Auschwitz».Y Primo Levy, que estuvo confinado allí, compartió la lección más aterradora que nos legaba saber que el infierno había existido aquí en la tierra: «Auschwitz sucedió y por tanto puede volver a suceder. Quien niega Auschwitz es quien precisamente estaría dispuesto a volver a hacerlo».

Siempre comienzo mis clases de negociación e inteligencia social recordando una obviedad que a veces me provoca rubor, pero que los alumnos no se han planteado hasta que la desentraño. El ser humano sólo puede satisfacer sus demandas de dos maneras: apelando a la fuerza o esgrimiendo la palabra. La historia es opulenta en acontecimientos abominables que informan de qué ocurre cuando nos decantamos por el uso de la fuerza. En uno de sus ensayos, el perspicaz José Antonio Marina concreta que la historia de la humanidad es el libro de cuentas de un matadero. Muchas veces no somos conscientes de toda la brutalidad y de todo el dolor que antecede al  plácido ahora en el que vivimos porque, como bien señala El Roto en una de sus lúcidas y desoladoras viñetas, los historiadores se dedican a potabilizar la sangre humana derramada en la descarnada animosidad de los episodios bélicos. También ocurre que los seres humanos hemos implantado un curioso sistema de recompensas y castigos que modifica sustancialmente el relato posterior de los hechos. Si matas a título individual eres un asesino, pero si lo haces en nombre de una entidad más elevada y laudable (que cada uno ponga aquí las siglas, las organizaciones o los países que quiera) y matas a miles de personas te condecoran y bautizan una calle muy transitada con tu nombre. Años después los niños te estudian en manuales en los que te reputan de héroe.

Los seres humanos nos hemos pasado toda nuestra historia matándonos unos a otros pero, peor aún, también investigando y desarrollando tecnologías destinadas a perfeccionar la pulverización de semejantes y maximizar la productividad de esas masacres. Freud señaló que la civilización se inauguró el día en que un ser humano en vez de atacar a su enemigo con un sílex le profirió un insulto. Utilizó la palabra en vez de la fuerza. Los seres humanos  somos envoltorios cerrados en los que llevamos la pulsión innata de la agresividad (deseo de infligir daño sólo percibido por uno mismo), pero que casi nunca la convertimos ni en agresión (lastimar al otro para conseguir algo en contra de su voluntad), ni en violencia (utilización desmesurada de la fuerza para además de alcanzar unilateralmente nuestros intereses despojar de dignidad a nuestro adversario y cosificarlo para denegarle la condición de semejante, acto que si se repite a menudo tiende a banalizarse mágicamente, como bien apuntó Hanna Arendt, y que anima a la supresión del tabú de matar, o a justificarlo con algún argumento defendido con heladora racionalidad, apunto yo). Provenimos de la selva, de conducirnos durante miles y miles de años por la lógica despiadada del más fuerte, pero inteligentemente hemos decidido apartarnos de ella. Los seres humanos somos por esencia lo que somos, y conviene no olvidarlo, pero también merced a esa misma esencia somos aquello que deseemos llegar a ser, y conviene recordarlo. Somos animales que hemos posibilitado sentimentalizar y alfombrar de afecto y respeto nuestra relación con los demás, pero también somos sujetos con una naturaleza y una biografía histórica que debe ponernos a la defensiva de nosotros mismos. En nuestro interior borbotean pulsiones afectivas y pulsiones depredadoras, la bondad y el odio, la atracción y la repulsión, la humanidad y la deshumanización, la compasión y el sadismo, la equidad y la subyugación, lo admirable y lo abyecto, la comprensión y el despotismo, y a todos nos compete construir hábitos afectivos, sensibilidades éticas y contextos compartidos que nutran lo mejor de todos nosotros y neutralicen lo peor. No debemos olvidar jamás ni Auschwitz ni todos los demás campos de concentración y exterminio diseminados por todo el planeta Tierra. Auschwitz es la respuesta más elocuente y sencilla que se puede ofrecer cuándo alguien pregunta retóricamente hasta dónde podemos llegar al comprobar día a día la degradación progresiva y el incumplimiento crónico de los Derechos Humanos. Creer que esta respuesta es hiperbólica es desconocer quién habita dentro de nosotros.

lunes, enero 26, 2015

La falacia del «yo soy así»



Uno de los automatismos más frecuentes a la hora de explicar nuestra conducta consiste en desgranar un exculpatorio «yo soy así». Este argumento intenta exonerar de responsabilidad al que lo enuncia. Autojustifica el comportamiento reprobable puesto que señala su origen en un foco sobre el que no se posee control, un innatismo que convierte a su heredero en víctima de una inercia que no puede sortear. «Yo soy así» consigna nuestra condición de entidades embalsamadas en un modelo del que no hay posibilidad de huida y que nos rebaja a meros damnificados por el destino. Evidentemente la realidad es muy distinta. «Yo soy así» es un argumento falaz aunque selectivo. Lo suelen esgrimir aquellos que han sido pillados en falta, nunca antes. Es cierto que las personas tenemos una dote de singularidades recibidas que es un misterio encriptado incluso para nosotros mismos. La recibimos genéticamente y no podemos hacer nada por variarla. Nuestro sexo, la estructura cerebral, el temperamento (la forma de ser y responder a los factores ambientales) no son elegidos. Sin embargo, conviene recordar que también tenemos carácter, que sí es aprendido. El carácter es la suma del temperamento y los hábitos adquiridos. Esos hábitos se pueden modificar y perfeccionar gracias a las enseñanzas que proporciona la vida, la vinculación comunitaria, el medioambiente social, las pautas culturales, el periplo educativo, el paisaje del tiempo en el que se incrusta nuestra existencia. Son reciclables y, aunque están muy condicionados por el entorno, dependen de nuestra elección.

Y finalmente tenemos una personalidad concreta que nos hace diferentes a todos los demás. La personalidad es la articulación entre nuestro temperamento y nuestro carácter más el diseño organizado de deseos y metas que dirigen nuestra energía en una dirección en detrimento de todas los demás. A pesar de que la personalidad es irrevocablemente personal, nuestra condición de seres vinculados a otros seres hace que en su construcción intervengan muchas personas que adquieren el rango de copartícipes de nosotros mismos. La personalidad se puede aprender y por tanto se puede cultivar gracias a la construcción de un proyecto, esa ficción en la que invertimos nuestros recursos para que deje de serlo y de la que surgirán nuevas ficciones que irán esculpiendo la persona que estamos siendo a cada instante. La personalidad es una tarea ligada a la capacidad autónoma de inventar fines que guíen nuestra vida y simultáneamente la definan. Sería imprudente negar que el azar cobra mucho protagonismo en nuestras vidas, pero también lo sería aceptar su omnipresencia incluso para escamotearnos la elección de un sí o un no en cuestiones muy sencillas que competen exclusivamente a nuestra voluntad. Ese pétreo e inmutable «yo soy así» es por tanto un  subterfugio para salir airoso de un comportamiento censurable. Se puede refutar de un modo sencillo. «Por supuesto que tu conducta es así, la acabo de contemplar. Y es así porque tú has aprendido a que sea así».

viernes, enero 23, 2015

Pensando en Mediación (segunda entrega)

Aquí está la segunda entrega de la serie Pensando en Mediación. Se trata de una charla de miembros de la Escuela Sevillana de Mediación con diferentes invitados. La inauguraron los directores Javier Alés y Juan Diego Mata. En esta segunda ocasión me tocó a mí pasar por delante de las cámaras. En la grabación hablo con una adolescente profana en la materia, apenas sabe en qué consiste la negociación y la mediación. La charla gira en torno a varias ideas que suelo repetir a menudo tanto aquí en Suma No Cero como en cursos:  «La palabra es la distancia más corta entre dos cerebros que desean entenderse».«Que se peleen las palabras para que no se peleen las personas que las pronuncian». «Hablando se entiende la gente y a veces así tampoco». «La solución de cualquier conflicto es patrimonio exclusivo de la palabra. Se puede terminar de muchas maneras, pero sólo se puede solucionar de una». El vídeo se puede ver íntegramente haciendo click aquí.



miércoles, enero 21, 2015

Día Europeo de la Mediación



Hoy 21 de enero se celebra en Europa el Día de la Mediación. A mí me gusta definir la mediación como una negociación destinada a que dos partes  negocien entre ellas la satisfacción de sus intereses. Se puede afirmar que es un puente tendido hacia el diálogo como única estructura posible para trasvasar argumentos y abordar una solución compartida. Conviene subrayar aquí que el diálogo no es un medio, es la arquitectura biológica en la que se articulan las interrelaciones, el formato para fortalecer nuestra insoslayable condición de existencias vinculadas a otras existencias. El valor absoluto de la mediación reside en la utilización del diálogo como única vía posible para que las partes se den a sí mismas soluciones nacidas de su propia convicción. El cultivo de esta convicción entre los actores es con diferencia la aportación más resplandeciente de la mediación frente a otras fórmulas de resolución de conflictos, su más preciado estandarte a la hora de divulgarla y aplaudirla. El punto casi sacramentado de la mediación reside en esa convicción a la que se puede llegar cuando, gracias al diálogo, un corazón desea entenderse con otro a través de la inteligencia y la bondad. Nada que ver con la cacareada descongestión de la vía judicial, la reducción de costes emocionales, o la preservación de la privacidad y su fagocitadora exposición pública. Todo esto es anecdótico en comparación con lo anterior.

Canónicamente la mediación es una negociación con la intervención de un tercero aceptado por las partes. Su mapa identitario se puede resumir en que este tercero promociona la búsqueda de un acuerdo entre los protagonistas afectados y lo hace desde una posición neutral, imparcial y sin poder de decisión. El mediador es por tanto un agente que marca un escenario comunicativo entre dos o más partes que hasta ese momento lo habían obviado o declinado. La mediación como fórmula gana centralidad en la sociedad civil porque se empieza a corroborar que la verdadera solución a un conflicto emerge cuando las partes implicadas la encuentran a través del diálogo. Proclama la autodeterminación de las personas para resolver por sí mismas las divergencias con que la vida se reembolsa el hecho de hacernos a unos y otros tan diferentes. Feliz día a todos los mediadores. Feliz día a todos los que hacen del diálogo el auténtico eje sobre el que gravita su interacción con los demás, la fiesta maravillosa que supone que nuestra biografía se enrede con otras biografías a través de la acción y la palabra. Ojalá lo tengamos muy presente hoy. También siempre.

martes, enero 20, 2015

Pero, una palabra para echarse a temblar


Pocas palabras provocan tanta intranquilidad como escuchar un pero después de una afirmación en la que uno sale bien parado. Por su rango de conjunción adversativa el pero es sustantivamente inquietante. Cuando nos hallamos sumidos en la placidez de un enunciado amable, de repente aparece el pero con calculada suavidad brusca y nos inocula un desasosiego que pronostica que la aseveración que acabamos de escuchar sufrirá alguna amputación, que su presencia ahí en mitad de la frase invalidará lo que nos acaban de decir, o se presentará más real al retirar gran parte de los colorantes y los edulcorantes que la dotaban de dulzura y hospitalidad. Es una herramienta gramatical que hace palidecer al que la escucha augurando un viraje aciago en el discurso de su interlocutor, al que rápidamente se le presupone haber escondido algo detrás de las anteriores palabras y que ahora va a destapar con toda su crudeza (sin peros en la lengua). El pero primero te otorga y luego te despoja parte de lo ofrecido. Es un aguafiestas, un impertinente, un puntilloso dedicado a frustrar expectativas inicialmente esbeltas. Modifica la estructura semántica esparcida en los pliegues de la oración, empobrece las palabras que lo anteceden y en algunos casos, al contraponer otras, directamente las desahucia del significado que ingenuamente le habíamos conferido. Tiene una actividad de cuchilla de guillotina, puesto que cuando emerge más que matizar lo dicho lo decapita sin remilgos. Es cierto que a veces el pero no cercena, sino que se dedica a la tarea de añadir cosas nuevas. Incrementa la autoridad de la aseveración que escolta y en otras ocasiones agrega nuevos puntos de apoyo, como cuando se le puede reemplazar por «además». Entonces el pero muestra una amabilidad y unos deseos de informar que lo hacen bienvenido y hasta simpático. Desgraciadamente no es frecuente. El pero más habitual es el otro. El quisquilloso. El que corrige la frase pronunciada porque en realidad quien la pronuncia no piensa así. Al menos no exactamente así.  A veces incluso diametralmente opuesto a así.  

viernes, enero 16, 2015

El ejemplo es el único discurso que no necesita palabras



Cuando escribí el manual La educación es cosa de todos, incluido tú (Editorial Supérate, 2014, ver web del libro) dediqué uno de sus treinta y tres epígrafes al ejemplo. Recuerdo que en un rincón de una de las páginas susurré que «el ejemplo es el único discurso que no necesita palabras». Sin embargo, me olvidé de agregar una coda importantísima: el ejemplo puede prescindir de la utilización de palabras, pero sí necesita conocer cuáles son las que quiere ejemplificar. El ejemplo es la suma de patrones admirables que se pueden observar y verbalizar en alguien concreto y que inspiran miméticamente a la comunidad para dar con una versión más afinada de sí misma. El mal ejemplo es justo lo contrario, el sumatorio de conductas que zancadillean nuestra condición de existencias vinculadas con otras existencias. Y embarran nuestras interacciones.

En este mismo ensayo me atreví a parafrasear uno de los imperativos categóricos de Kant utilizando un lenguaje más coloquial y próximo, y lo vinculé al ejemplo como enseñanza vicaria: «Exígete actuar como si tu comportamiento fuera elegido de ejemplo para toda la humanidad». Es evidente que el ejemplo vincula con la conducta y no con las palabras que sin embargo necesita conocer para encarnarse en comportamientos plausibles. Desgraciadamente el ejemplo se ha despegado de la conducta y se ha instalado exclusiva y muy cómodamente en las palabras. Dicho de un modo más inteligible. La ética vive entronizada en nuestro discurso, pero destronada de nuestros actos. No me refiero a mantener una fidelidad férrea que la vida suele ridiculizar tarde o temprano, ni a los muchos microcosmos que cruzamos al cabo del día y en los que es difícil no caer en alguna contradicción. Me refiero a que las grandes palabras y los grandes hechos al menos no tomen direcciones diametralmente opuestas. Mi poeta favorito en la adolescencia escribió un verso que yo me aprendí de memoria: «Palabras, palabras, palabras, estoy harto de todo aquello que puede ser mentira». Es un verso del siglo XIX, pero es perfecto para estos días cuajados de promesas en los que uno anhela menos palabras y más hechos. O para cerrar en un círculo este texto. Menos labia y más ejemplo, que es el único discurso que no necesita palabras porque ya nos encargamos nosotros de leerlas en la biografía del orador.

miércoles, enero 14, 2015

Se publica «Filosofía de la negociación»

Buenas noticias. Ya vio la luz el ensayo Filosofía de la negociación. Lo publica la editorial Acuerdo Justo dentro de su colección Ágora del conflicto. Este libro es un singular ensayo dialogado, una conversación surgida de una experiencia de creación social. Nació de los foros de debate del curso on line de Negociación Estratégica que impartí durante varios años en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Junto con Arturo Iglesias, director y compañero en ENE Escuela de Negociación, preparé y redacté los contenidos didácticos (una absoluta locura en inmersión bibliográfica), y luego más tarde coordiné y tutoricé el curso durante tres ediciones con dos convocatorias por edición. Todos los días estimulaba la reflexión de los alumnos en los concurridos foros de debate. Siempre impelido por la idea de que los argumentos cuando colisionan con otros argumentos lejos de estropearse permiten el nacimiento de un argumento mejor. Cada día escribía tres o cuatro comentarios respondiendo a las solicitudes de los participantes, aclarando dudas de los contenidos, o promocionándolas.

En la última edición del curso caí en la cuenta de que gracias a esta cita diaria había vertido un enorme caudal de contenidos creativos en ese emplazamiento digital. Decidí rescatarlos de la inevitable reclusión y olvido a los que se verían condenados una vez cerrado el acceso a la plataforma, los salvé del destino irrevocable de su propia extinción en el limbo digital, los doté de una congruencia que la multiplicidad y a veces ilógica repetición de foros les negaban, y los ordené e higienicé en aras de aumentar la legibilidad para alguien ajeno a la atmósfera del curso. El resultado final es este ensayo. Una larga conversación en un lenguaje mitad académico, mitad coloquial, sobre temas multidisciplinares que sin embargo comparten vecindad (negociación, mediación, comunicación, ética, argumentación, persuasión, manipulación, irracionalidad, etc.). Este curso y estos foros tenían como gran ventaja la asincronía y la deslocalización que procura la conectividad on line, y como si la historia de estos textos quisiera cerrarse sin salirse de su órbita, ahora el ensayo surgido de allí verá la luz sólo en e-book y en tiendas digitales.Se completa así el círculo. Espero que en esta Filosofía de la negociación haya tenido la habilidad de transmitir todo lo que todos juntos aprendimos en el curso. He puesto mi empeño en que sea así.Se puede adquirir aquí.