jueves, agosto 10, 2017

El «Espacio Suma No Cero» coge vacaciones

Gracias por visitar una temporada más el Espacio Suma No Cero. Este lugar dedicado al estudio de la inteligencia social y al análisis de las acciones humanas permanecerá cerrado por vacaciones desde hoy jueves 10 de agosto hasta el próximo mes de septiembre. Es un cierre metafórico que se repite desde su inauguración en 2014, o desde 2008 si computamos también los años del blog de ENE Escuela de Negociación, de donde el Espacio Suma No Cero tomó el inmediato relevo.

Se podrá acceder a la lectura de cualquiera de los textos editados hasta la fecha, pero no se publicará ningún artículo nuevo semanal. Para la artesanal tarea de la escritura tan irrevocable es leer y escribir como dejar de hacerlo y descansar durante un lapso de tiempo. Más aún cuando en 2018 me he comprometido a publicar el tercer ensayo con el que completaré la trilogía "Existencias al unísono" compuesta por La capital del mundo es nosotros. Un paseo multidisciplinar al lugar más poblado del planeta, La razón también tiene sentimientos. El entramado afectivo en el quehacer diario y El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Una ética del diálogo (ver). Ética política, ética sentimental y ética discursiva para sondear nuestra condición de existencias anudadas a otras existencias. Esperamos verte paseando por aquí en el inicio del nuevo curso académico. A la vuelta, este espacio compartirá una fantástica noticia de la que vosotros, los lectores, formáis indisoluble parte. Hasta entonces. Un abrazo.

martes, agosto 08, 2017

Los conflictos no se resuelven solos, aunque se bastan para estropearlo todo


Obra de Marc Figueras
En la literatura del conflicto existe una máxima que defiende con muy buen criterio que los conflictos nunca se resuelven solos. No es gratuito recordarlo, porque muchos actores deciden precisamente lo contrario y apelan a conductas evitativas, a la dejadez como metodología exitosa. Para ellos la mejor manera de solucionar un conflicto es abandonar los derechos de tutela y dejar que el paso del tiempo conduzca al conflicto hacia su propia disolución. Esperan que con el transcurrir de los días, los meses o los años cambie alguno de los elementos que lo originaron y todo vuelva al cauce de lo que ellos consideran natural. En casos de divergencias inanes (en algunas bibliografías se refieren a este tipo de conflicto como "picaduras de mosquito"),  es saludable no convertir en problema lo que unos minutos después se habrá olvidado o será anecdótico. Otra cosa es calcar esta táctica en incompatibilidades que se presentan con temperatura en ebullición. Desatender un conflicto o cometer la imprudencia de orientar los sensores hacia la dirección contraria al foco de las disensiones en el momento en que lo más idóneo es articularlo trae anexada una consecuencia muy peligrosa. Abdicar de la gestión del conflicto y permitir que se infecte de podredumbre emocional, impulsará una curiosa inercia que lo hará desplazarse velozmente hacia el lugar en el que infligirá más daño y acrecentará su momificación. Sé que el conflicto no posee realidad extramental, que vive en la narración tramada por los actores que lo protagonizan, pero también sé que ese relato despereza sentimientos de exclusión en una de las partes si la otra muestra desinterés por construir una historia común que sustituya satisfactoriamente a la que ha inaugurado la divergencia. Teniendo esto muy presente, no deja de maravillarme la contradicción que supone que un conflicto sea inoperante para solucionarse por sí mismo, pero sea tan resolutivo para agigantarse sin necesidad de que nadie haga nada con él.  

Ante la emergencia de un conflicto podemos desplegar distintas respuestas. Cuando sólo pensamos en la salvaguarda de nuestros intereses sin atender los del otro, competimos. Cuando pensamos en satisfacer nuestros propósitos y también los de nuestro interlocutor para amortiguar así el desacuerdo, colaboramos. La acomodación consiste en darle una mayor estimación a los intereses del otro que a los nuestros. Cuando somos creativos para colmar nuestros intereses y también los de nuestro interlocutor y rastreamos opciones conjuntamente a fin de dar con las mejores, entonces nos comprometemos y cooperamos. Cuando deseamos que todo siga igual y nos resulta indiferente el interés del otro, entramos en la evitación. Sin embargo, la incomparecencia ante un conflicto no significa la volatilidad del conflicto. Si uno no presta atención a un conflicto, ya se encargará él de que cambiemos de opinión. La experiencia insiste en recordarnos que los conflictos nunca se resuelven solos, pero ellos solos se bastan y sobran para multiplicar mágicamente su inhospitalidad y la cantidad de daño con la que arponear a quienes lo ningunearon.

El conflictólogo Deutsch cita tres escenarios distintos ante un conflicto. El conflicto está en la realidad y es percibido, el conflicto está en la realidad y no es percibido y, por último, el conflicto no está en la realidad pero es percibido. Creo que falta un cuarto escenario. El conflicto está en la realidad, es percibido por las partes pero una de ellas se inhibe como parte implicada. Aunque parezca una tautología, el conflicto sólo se soluciona si los implicados desean solucionarlo, lo cual exige como premisa que las dos partes se sientan implicadas. Resulta una perogrullada, pero para resolver un conflicto necesitamos inexorablemente la colaboración de aquel con quien nos ha estallado. Partiendo de esta premisa, un conflicto no se soluciona por más empeño que ponga uno en su resolución, si la otra parte no está por la labor. He escrito solucionarlo y no zanjarlo o terminarlo, que no es lo mismo.

Existe profusa bibliografía en la que se listan qué elementos intervienen en un conflicto. Sintetizando podemos señalar una abigarrada mixtura en la que aparecen las personas que lo protagonizan, las posiciones que mantienen, los intereses que persiguen, los grados de poder que esgrimen, los sentimientos que afloran en la interacción, el tipo de relación, la percepción del problema, los valores personales, los protagonistas secundarios que muchas veces no se ven pero que guardan una incidencia estelar. Creo que un elemento primordial que habría que añadir en la fisonomía del conflicto es el deseo de solucionarlo, y su anverso, el deseo de eternizarlo. En las clases y talleres yo suelo repetir que del mismo modo que dos no riñen si uno no quiere, dos no compatibilizarán jamás la discrepancia si uno de ellos no está dispuesto a ello. El deseo de solucionar el conflicto prologa y posibilita la gestión y la posible resolución del conflicto. Ese deseo se nutre de la salud cívica, el alfabetismo sentimental, la epidérmica conciencia de interdependencia, la cultura del acuerdo, la pedagogía del diálogo, el ideal regulativo de la paz, la sensibilidad ética, el conocimiento del politeísmo de valores personales en la acción humana y por tanto la necesidad de aprender a convivir con la disparidad y la contradicción. Ese deseo no solo ejerce de vanguardia. Ese deseo evita la soledad del conflicto. Y ya sabemos que nada bueno puede ocurrir cuando el conflicto anda por ahí él solo.





martes, agosto 01, 2017

El diálogo no es posible cuando los sentimientos son los únicos argumentos



Obra de Osamu Obi
La práctica deliberativa es radicalmente humana. Aristóteles lo advirtió al constatar que los dioses no abrigan dudas en sus decisiones y los animales viven bajo el irreversible mandato de un instinto que no admite controversia. Sin embargo, los seres humanos somos autónomos, podemos elegir qué hacer y cómo para convertir en acto lo que cobijamos embrionariamente en potencia. Podemos transportar la posibilidad a la realidad. La propiedad humana más reseñable es la posibilidad, que trae anexada la capacidad creadora. Somos creadores porque somos capaces de ver posibilidades, imaginar lo que no existe para hacerlo existir. El ser humano es un ser que elige y en esta singularidad radica nuestra autonomía. Por eso deliberamos, que es el ejercicio creativo destinado a descubrir y barajar opciones; decidimos, actividad consistente en decantarnos por la opción más idónea a costa de sacrificar todas las demás; y actuamos, que es el instante en que la decisión se troca en impulso volitivo, la posibilidad seleccionada se transborda a la acción. Este proceso no es nada fácil cuando se realiza a título individual, pero su complejidad se ensancha sobremanera cuando entran en juego terceras partes. Si hemos de compartir una decisión con alguien que disiente de la que nos gustaría elegir a nosotros, la deliberación puede llegar a ser larga y sinuosa hasta lograr la hazaña discursiva de compatibilizar la discrepancia. Necesitamos dialogar.

Puede ocurrir que en este proceso deliberativo una de las partes implicadas exponga sus sentimientos como los únicos argumentos que respaldan su decisión. «Son mis sentimientos» es una alocución tristemente usual cuando una persona quiere indicar una postura inamovible, una razón que anuncia la muerte del diálogo porque no se puede interpelar. Los argumentos se pueden refutar, pero los sentimientos que no atentan contra los Derechos Humanos se deben respetar. ¿Quiénes somos cualquiera de nosotros para cuestionar esos sentimientos de alguien que no somos nosotros? Se delibera sobre lo que puede ser de otra manera, pero exigir esta máxima a los sentimientos descritos por una persona denota falta de consideración a la persona, arrogarse una ficticia soberanía sobre ella y una severa profanación a su templo afectivo. Entrar sin permiso en ese rincón sagrado para ponerlo en crisis es una apostasía contra la religión del respeto. En La razón también tiene sentimientos (ver) pormenorizo la construcción sentimental. Se puede resumir en que los sentimientos son imbricados conglomerados  de incidencias emocionales, fisiológicas, cognitivas, axiológicas, desiderativas, biográficas. Desde hace unas décadas las industrias del sé tú mismo han uncido a los sentimientos de una  aureola de autenticidad  que no admite la comparecencia de la duda bajo el muy discutible axioma de que el corazón nunca se equivoca. Con estas condiciones preliminares se antoja difícil entablar diálogo alguno con quien enarbola la infalibilidad de los sentimientos. El diálogo es precisamente lo contrario. Buscar mancomunadamente evidencias mejorables que mermen la falibilidad humana.

Quien trae a colación sus sentimientos en mitad de un proceso argumentativo es porque no quiere abordar un diálogo que requiere la exposición de argumentos, no de sentimientos. Los sentimientos están embebidos de argumentos, pero quien cita en bloque su aparataje sentimental lo suele utilizar a modo de proteccionismo argumentativo. Se puede explicar discursivamente la construcción del sentimiento, pero cuando el sentimiento se anuncia solo nominalmente y sin explicación alguna es una fortaleza inexpugnable para cualquier argumento. Su presencia clausura el diálogo llevándolo a un lugar en el que no es posible dialogar. En Ética de la hospitalidad, Daniel Innenarity diagnostica que «cuando no se cultiva la argumentación los seres humanos se atrincheran en la única posición que consideran propia: sus sentimientos ante las cosas. Nuestros sentimientos no son un principio suficiente para hacer respetar nuestra posición, porque no pueden determinar qué es significativo». Si alguien se amuralla en sus sentimientos como único argumento,  la inteligencia no tendrá argumentos que discriminar, no habrá espacio para construir esa intersección que requiere el diálogo en su función de empresa cooperativa. Solo se puede argumentar con el interlocutor que también desgrana argumentos, y los sentimientos no lo son, aunque paradójicamente, y como escribí antes, estén plagados de ellos de un modo velado. Otra cosa muy diferente es que nuestro interlocutor esgrima los argumentos sobre los que se edifican sus sentimientos. Ahí sí se puede deliberar. Ahí sí se puede llevar a cabo la ejercitación de la palabra que se enreda con otras palabras para encontrar la mejor posibilidad que nos podamos llevar a la realidad. Esa posibilidad elegida y compartida la solemos bautizar como solución.